Desde hace ya varios años, en concreto desde la década de los 90, el consumo de plantas medicinales experimentó un aumento considerable frente a los medicamentos que habitualmente se llaman de síntesis. A esto ayudó sin duda la percepción de mayor inocuidad y menor aparición de efectos adversos. No obstante, el hombre ha estado en contacto desde tiempos inmemoriales con estos remedios, lo cual también traslada la idea de una mayor seguridad, pues parece que de manera “innata” tenemos capacidad para manejarlas. Este interés ancestral por las plantas medicinales radica en una cualidad común a todos los seres vivos: El instinto de conservación, al observar que el tratamiento de determinadas dolencias mitigaba. Gracias a esto se desarrolló y estudió el uso de las plantas mediante ciencias como la farmacognosia que desembocan en la fitoterapia tal y como hoy la conocemos. Sin embargo, el hombre también se ha interesado por las plantas medicinales debido a uno de los aspectos que antropológicamente es de mayor interés y diferenciador respecto al resto de las especies: La conciencia de sí mismo, lo cual engarza con la necesidad de encontrar explicación a todos los fenómenos que le rodean para poder controlarlos o al menos preverlos. Este punto ha empujado al hombre a experimentar con diferentes plantas, las cuales, aparentemente, solo en virtud de su composición, permitían llevar al usuario a un estado de éxtasis y llegar así a estados de trance que le facilitarían el contacto con todo tipo de fuerzas divinas. La riqueza heterogénea en número y tipo de principios activos aporta, aún hoy, una indescifrada batería de actividades que reviste a las plantas medicinales de una pátina de misterio y fascinación como fuente de principios activos modificadores y potenciadores de la capacidad intelectual y emocional del ser humano. Por ejemplo, dos de las historias más curiosas en cuanto al uso de sustancias ligadas a la psiche, a caballo entre la leyenda y la descriptiva, son las primeras descripciones del uso de la estricnina y el LSD:

La estricnina es un alcaloide que podemos encontrar en el género Strychnos como Nuez Vómica o el Haba de S. Ignacio. En los Juegos Olímpicos de 1904 el primer clasificado llegó a meta después de hacer auto-stop y el segundo llegó tras proveerse durante la carrera con coñac y estricnina, estamos ante uno de los primeros casos de sustancias dopantes. Es célebre la frase de su entrenador: “…si Thomas J Hicks ingiere una dosis más de estricnina y coñac, fallece”.

Otra de las historias curiosas que puedo aportar es “El Viaje de Hoffmann”. El Dr. Albert Hoffmann, miembro del comité del Premio Nobel y que en 1929 trabajaba en los laboratorios Sandoz describe en 1943 cómo por haber absorbido a través de la punta de sus de dedos una pequeña cantidad de una sustancia que estaba sintetizando a partir de ácido lisérgico (esto es, el comienzo de la síntesis de la dietilamida del ácido lisérgio o LSD) experimentó “uno de los viajes más intensos que el ser humano haya experimentado”. Explicó cómo su sentido percibía un “desdoblamiento temporal” y cómo sus sentidos “vibraban”.

Esta necesidad de experimentar, de explorar respuestas ocurre desde el mismo momento en que el animal deja de serlo y empieza a sentir la necesidad de expresar y compartir sus conocimientos.

Sin embargo, esta observación primaria de los efectos deseados, ha permitido deducir y comprobar los efectos adversos que pueden ocasionar. Esto, unido a la dificultad que a veces acarrea su obtención, ha hecho que su consumo haya sido llevado a cabo por determinados grupos poblacionales restringidos.

Una vez contextualizado su uso, cabe especificar qué efectos eran buscados en el consumo de este tipo de drogas (en farmacognosia se define la droga como la parte de la planta usada en virtud de la actividad farmacológica que aporta). Así, muchos autores han mostrado en sus obras algunas de las singularidades de los efectos de los principios activos. Efectos reconocibles en los que han dedicado años a estudiarlos, describirlos y revisarlos.

El arte, entendido como la capacidad o habilidad para expresar la actividad del ser humano plasmando lo real o lo imaginado, ha venido dejando entrever la influencia que estas drogas han tenido en el hombre. Siendo esta influencia a veces bidireccional.

El ergotismo consiste en una intoxicación causada por la ingestión de un hongo (Claviceps purpurea) que parasita cereales que al ser contaminados por micotoxinas producen un cuadro que puede llevar, en caso extremo, a la amputación de extremidades, siendo necesarias menores dosis para producir alucinaciones. Es lo que se llamaba en la Edad Media “Fuego de San Antonio”. Dentro de las manifestaciones clínicas están ampliamente descritas las alucinaciones que consisten en sinestesia emocional (se oyen imágenes, se ven sonidos), labilidad emocional, ilusiones religiosas, imaginación estimulada, flujo ininterrumpido de oídos, despliegue calidoscópico, campo ondulado, distorsionado, sensación de movimiento en objetos inanimados que pasan a adquirir formas grotescas. Así, en El Jardín de las Delicias , (principios del siglo XVI) “El Bosco” expone un magnífico caos en el que se pueden apreciar figuras características de corrientes de expresión como el surrealismo, del siglo XX, si se miran con detenimiento estáticas pero que dan una impresión general de dinamismo.

La conexión entre Vincent van Gogh y absenta ha venido siendo descrita de manera concreta y pormenorizada en diversas publicaciones científicas. Si bien es cierto que cada vez se ligan más efectos como alucinaciones, depresión o psicosis al alcohol que acompaña o permite el extracto, es innegable la presencia de sustancias psicoactivas ampliamente descritas como la tuyona, una molécula terpénica presente en el aceite esencial y con semejanzas estructurales a los cannabinoides. El genio holandés y otros artistas coetáneos admitieron ser víctimas y estas experiencias fueron descritas por ellos mismos y por sus colegas; “Los Bebedores de Absenta”, Degas, 1874 es un claro ejemplo de ello. El arte y el talento, unidos con toda seguridad a un inmenso trabajo para perfeccionar las complejas técnicas que desarrollaban, permiten plasmar la sintomatología mental como, a mi juicio, ningún tratado científico podría. Son un mirador privilegiado desde el que se puede ver, casi experimentar, las manifestaciones clínicas y las sensaciones que este tipo de sustancias pueden provocar en el ser humano. Las consecuencias fatales para algunos de estos talentos también se pueden observar al estudiar la obra de algunos de ellos. Este aspecto es muy importante, pues permite entender la complejidad del manejo y estudio de sustancias. Pues expone cómo la misma sustancia, con las mismas dosis, en entornos similares produce efectos totalmente distintos. Esto es, como decía un cineasta español a través de uno de sus míticos personajes “las drogas no son buenas o malas, son los seres humanos, en su ambición o debilidad, los que hacemos mal uso de ellas”.

No es intención de este artículo hacer una descripción de todas las sustancias que han podido ser objeto de análisis o hilo conductor en diferentes obras artísticas, pues deberíamos no dejar de hablar de las pomadas o ungüentos de escopolamina que se embadurnaban en todo tipo de utensilios, ligadas a prácticas de brujería; el té de los abisinios, que no dejan de ser “anfetaminas naturales” simpático-miméticos de acción indirecta que están a la altura del éxtasis en cuanto a potencia gracias a su contenido en Catinona; el opio, droga-producto que presenta un conjunto de alcaloides como la codeína o la morfina usados en terapéutica y de los que España es uno de los principales productores mundiales. Pero todo eso da para un artículo “algo” más extenso.

 

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